Cultura

La joyería de la pollera también hay que defenderla

10 de septiembre de 2026

La joyería de la pollera panameña ha brillado durante décadas ante las cámaras. La hemos visto en carnavales, desfiles patrios, el Festival Nacional de la Pollera, el Desfile de las Mil Polleras, concursos de belleza, reportajes televisivos, fotografías de prensa, documentales, plataformas digitales y giras folclóricas internacionales. Cada vez que una empollerada aparece en pantalla, no se muestra solamente un traje: aparece también un universo de peinetas, cadenas, zarcillos, tapahuesos, cabestrillos, rosarios, tangos, flores, tembleques y otras piezas que forman parte de una estética nacional reconocible.

Sin embargo, la pregunta es inevitable: ¿los medios audiovisuales han educado realmente sobre esa joyería o solo la han mostrado como brillo, lujo y ornamento?

La televisión panameña ha promocionado mucho la pollera y su joyería. En eso hay que ser justos. Ha llevado al hogar panameño imágenes de empolleradas en fiestas regionales, concursos, certámenes y celebraciones populares. También ha ayudado a que el país y el mundo reconozcan la fuerza visual de la pollera como símbolo de Panamá. Pero hoy se necesita un paso más. Ya no basta con enfocar el oro, admirar la belleza de las piezas o repetir que “nuestras tradiciones son hermosas”. Hace falta docencia audiovisual. Hace falta explicar qué es la joyería tradicional panameña, cómo se elabora, qué piezas corresponden a determinados usos, qué técnicas son propias, qué diseños se han deformado y qué objetos ya se alejan del sentido cultural que dicen representar.

El profesor magíster Eduardo Cano Espino, investigador de la pollera y profundo conocedor de su orfebrería, advierte que la joyería tradicional enfrenta un riesgo serio. Según Cano, la industrialización, la importación de piezas baratas, la compra por internet y la incorporación de técnicas foráneas están modificando con fuerza el campo de la joyería asociada a la pollera. Su preocupación no es menor: muchas piezas que hoy circulan como si fueran tradicionales panameñas han sido rediseñadas desde criterios ajenos a la historia local, con abuso de filigrana, alteración de formas y pérdida de técnicas propias.

El problema no debe plantearse desde la xenofobia. No se trata de rechazar a nadie por su nacionalidad. Panamá ha sido, históricamente, un país de tránsito, intercambio y convivencia. Pero una cosa es convivir con aportes externos y otra, muy distinta, permitir que la joyería tradicional de la pollera sea reemplazada por diseños, técnicas y productos que no responden a su raíz cultural. Como señala Cano, muchos orfebres extranjeros han traído técnicas de países como Perú, Colombia, Venezuela o México y las han aplicado a piezas que luego se venden como si pertenecieran a la tradición panameña. Allí comienza la confusión: el público ve algo dorado, brillante y vistoso, y cree que todo eso es joyería de pollera.

No lo es.

La joyería de la pollera tiene formas, proporciones, usos, nombres, memorias y criterios culturales. No todo lo que se coloca sobre una empollerada pertenece a la tradición. No todo

lo que brilla es correcto. No todo lo que se vende como “típico” respeta el trabajo artesanal panameño. Este punto es delicado, pero necesario. Si los medios no lo explican, la confusión seguirá creciendo.

La dimensión económica también es grave. Cano ofrece un ejemplo claro: unos tangos importados pueden venderse a precios muy bajos, mientras que los elaborados artesanalmente en Panamá cuestan mucho más, porque implican materiales, tiempo, oficio y conocimiento. La competencia, entonces, no es equilibrada. El comprador común, al ver una diferencia de precio tan grande, suele elegir lo más barato. Pero esa elección, repetida muchas veces, termina debilitando al orfebre nacional. Si el oficio deja de ser rentable, ¿quién querrá aprenderlo?, ¿quién sostendrá el conocimiento dentro de veinte años?

Aquí el asunto deja de ser únicamente estético y pasa a ser patrimonial, económico y laboral. Está en juego la supervivencia de una tradición artesanal, pero también la fuente de ingreso de familias panameñas que han dedicado años a este oficio. Cuando una pieza industrial sustituye a una pieza artesanal, no solo cambia el precio: cambia la relación con la memoria, con la técnica y con la identidad.

Eduardo Cano también insiste en la necesidad de protección institucional. Habla de un marco legal que debe actualizarse, de la urgencia de proteger la artesanía panameña y de atender el papel del Ministerio de Cultura, la Dirección de Artesanías, los organismos vinculados al derecho de autor, el Ministerio de Comercio e Industrias y Aduanas. La pregunta es directa: si se reconoce que ciertos productos afectan la artesanía nacional, ¿por qué siguen entrando y vendiéndose sin mayor control? La defensa de la joyería tradicional no puede quedar solo en manos de los artesanos ni de los investigadores. Debe asumirse como un problema de Estado.

El audiovisual tiene allí una responsabilidad enorme. La televisión estatal, los canales privados, los productores independientes, los programas culturales y las plataformas digitales deben pasar de la simple promoción a la explicación. Panamá necesita documentales, series breves, reportajes especializados y cápsulas educativas sobre la joyería de la pollera. Hay que mostrar los talleres, entrevistar a los orfebres nacionales, comparar piezas tradicionales con rediseños recientes y explicar el valor de una cadena, de un tango, de una flor, de un cabestrillo o de una peineta. Hay que enseñar a mirar.

En los años 2012, 2013 y 2014, desde SERTV, se realizaron trabajos audiovisuales con Eduardo Cano Espino sobre la pollera y su joyería. Ese tipo de documentación demuestra que la televisión puede cumplir una función cultural seria. Pero no bastan los esfuerzos aislados. El país necesita continuidad. Así como la pollera ha sido mostrada miles de veces, su joyería debe ser explicada con la misma insistencia.

La pollera es patrimonio cultural material e inmaterial de Panamá porque contiene objeto, técnica, memoria, identidad regional y orgullo colectivo. Cano lo expresa con claridad: una

pollera permite reconocer pueblos, regiones, formas de vestir, épocas y sentidos de pertenencia. La joyería forma parte de esa lectura. No es un añadido menor. Es parte del relato visual de la empollerada.

Por eso, cuando la cámara enfoca la joyería de la pollera, no debe limitarse al resplandor del oro. Debe preguntar quién la hizo, de dónde viene, qué técnica contiene, qué tradición respeta y qué riesgo enfrenta. La promoción ya se ha hecho. Ahora corresponde educar, proteger y defender.

Porque, si Panamá no explica su propia joyería, otros la venderán por nosotros. Y quizá, cuando queramos mirar de nuevo, ya no sabremos distinguir entre una pieza panameña y una imitación dorada sin memoria.

Autores: Roberto Antonio Pinto Rodríguez y Arturo Coley Graham

Roberto Antonio Pinto Rodríguez es doctor en Ciencias de la Comunicación Social y profesor de la Universidad de Panamá. Arturo Coley Graham es doctor en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y catedrático de la Universidad de Panamá.

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