En la frontera con Rusia, los finlandeses acogen con alivio el paso hacia la OTAN

Conmocionado desde el inicio de la guerra en Ucrania, Martti Kailio, de 73 años, guarda su fusil a mano en su casa de Hiivaniemi, en...
  • Martti Kailio, el 13 de mayo de 2022 en Vainikkala, al sureste de Finlandia, donde vive a sólo unos cientos de metros de la frontera con Rusia

      Conmocionado desde el inicio de la guerra en Ucrania, Martti Kailio, de 73 años, guarda su fusil a mano en su casa de Hiivaniemi, en el este de Finlandia, con vistas sobre Rusia al otro lado del lago.

      "Me encoleriza tanto que sería de los primeros voluntarios para ir con mi arma cargada, aunque ya no soy joven para ser soldado", explica a la AFP el jubilado.

      Para muchos finlandeses que habitan cerca de la frontera con Rusia, la inminente candidatura de su país a la OTAN, que debe oficializarse el domingo, es acogida con alivio.

      "Nos deberíamos haber unido antes. No tiene sentido haber esperado tanto tiempo", afirma Kailio.

      Finlandia, con 1.300 kilómetros de frontera compartida con Rusia, se ha mantenido al margen de alianzas militares desde su independencia de 1917.

      Pero después de la invasión de Ucrania a finales de febrero, la opinión pública y los responsables políticos se inclinaron mayoritariamente a favor de acogerse bajo el paraguas de la alianza transatlántica.

      El jueves, el presidente y la primera ministra pidieron ingresar "sin demora" al organismo.

      En algunos, la guerra en Ucrania despertó el recuerdo doloroso de la guerra de Invierno (1939), en la que el Ejército Rojo invadió el país nórdico apenas 22 años después de haberse independizado de Moscú.

      Como Ucrania actualmente, el pequeño ejército finlandés opuso una feroz resistencia, causando importantes pérdidas a los soviéticos, aunque al final del conflicto terminó cediendo extensas partes de su territorio.

      - "Una necesidad" -

      La granja de Veli-Matti Rantala, expiloto de la marina de 72 años, está a pocos pasos de la frontera rusa en Suokumaa. Con un viejo casco oxidado en sus manos, el veterano recuerda las batallas que han tenido lugar en los bosques de los alrededores.

      "Ya no estoy muy preocupado por la situación. Ahora que nos unimos a la comunidad occidental, la ayuda vendrá", asegura. Para él, entrar en la OTAN es "una necesidad".

      A unos centenares de metros de Rusia en Vainikkala, Jaana Rikkinen ha crecido escuchando a los guardias fronterizos soviéticos y después rusos al otro lado del lago donde se encuentra su sauna.

      La maestra de 59 años, cuyos tíos murieron combatiendo a los soviéticos, se siente "aliviada" de poder ingresar pronto a la OTAN, aunque en el pasado tuvo dudas de entrar a esta alianza liderada por Estados Unidos.

      Incluso después de la Segunda Guerra Mundial, la vida a pocos pasos de la URSS era a veces angustiante, recuerda, con regulares violaciones de la frontera cerca de su casa.

      "Siempre ocurría de noche. De repente, escuchabas a los perros, luego los disparos", recuerda Rikkinen.

      En 2001, un desertor del ejército ruso franqueó la frontera y se introdujo en una casa vecina, antes de suicidarse tras un intercambio de disparos con la policía local.

      - Confianza rota -

      Pero junto a este pasado doloroso, en los límites entre Finlandia y Rusia emerge también una historia de profunda interacción.

      "Aunque Rusia ha sido siempre temida a través de todas las épocas, en este rincón siempre ha habido intercambios cotidianos con los rusos", explica Veli-Matti Rantala. Muchos tienen amigos en el otro lado, asegura.

      Antes de la guerra, Jaana Rikkinen estaba habituada a ir de compras al lado ruso o a pasar fines de semana en San Petersburgo, a apenas tres horas en coche, sin "nada negativo que decir" sobre sus habitantes.

      Pero esta "confianza en el vecino ahora está rota", explica la mujer. "La frontera está cerrada y, si la cruzamos, no sabemos qué puede pasar", dice.

      Como su pueblo está muy conectado a Rusia, con la mayoría de sus habitantes empleados en la estación y en la guardia fronteriza, Jaana teme que la comunidad se acabe resintiendo de esta ruptura de lazos.

      "Solo espero que la guerra se termine", afirma.


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