Opinión

De vuelta a la casa, esa debe ser la guía

09 de junio de 2026

Nadie abandona una ciudad por gusto. A veces uno se marcha porque quedarse duele más que perderlo todo. Durante años, Esteban caminó las mismas calles donde había enterrado sus sueños.

El trabajo que odiaba, los amigos que desaparecieron cuando llegaron los problemas y el amor que juró quedarse para siempre, pero se fue sin mirar atrás. Cada esquina era un recordatorio de sus derrotas. Cada amanecer parecía una condena repetida.

Entonces hizo algo que todos llamaron una locura. Vendió lo poco que tenía, metió su vida en dos mochilas que lo habían acompañado en otros viajes y se fue hacia el oeste, hacia un lugar donde nadie conocía su nombre. No buscaba riqueza.

Buscaba silencio. Buscaba aire. Buscaba una razón para seguir levantándose. Los primeros meses fueron crueles. Durmió en habitaciones miserables, contó monedas para comer y conoció esa soledad que te hace despertar sudoroso en la mitad de la noche. Más de una vez pensó en regresar derrotado.

Pero la distancia tiene una extraña forma de curar. Lejos de quienes le recordaban quién había sido, descubrió quién podía llegar a ser. Aprendió nuevos oficios. Conoció personas sinceras. Volvió a reír sin sentirse culpable. Y una tarde cualquiera, mientras observaba el sol hundirse en el horizonte, comprendió algo.

Nunca había escapado de una ciudad. Había escapado del hombre roto que vivía dentro de ella. Los años pasaron. La felicidad llegó despacio, sin anuncios ni milagros. Llegó en forma de paz. Y así entendió la verdad que nadie le había dicho: A veces el viaje más largo no es cambiar de país. Es atreverse a cambiar de vida.

* Docente.

Tags:
Contenido Patrocinado
TE PUEDE INTERESAR