El delicado equilibrio entre dictaduras y democracia
Antonio Mola Davis
Las dictaduras no siempre visten uniforme militar. Algunas usan corbata, otras reparten favores, otras prometen lealtad y algunas simplemente exigen silencio. Todas, sin excepción, tienen algo en común: sustituyen el interés colectivo por la voluntad de unos pocos.
Cuando los panameños hablamos de dictaduras, casi siempre nuestra memoria se traslada al régimen militar que gobernó el país durante buena parte del siglo pasado. Fue una época marcada por la concentración del poder, la limitación de las libertades, violaciones a los derechos humanos y un profundo deterioro de las instituciones democráticas. Como ocurre en casi toda dictadura, también hubo corrupción y un manejo cuestionable de los recursos del Estado.
Sin embargo, reducir el concepto de dictadura únicamente a un gobierno militar sería ignorar que el autoritarismo puede sobrevivir bajo otros rostros. Existen formas de ejercer el poder que, sin suspender la Constitución ni cerrar la Asamblea Nacional, terminan imponiendo la voluntad de unos pocos sobre los derechos y las libertades de los demás.
A lo largo de nuestra historia republicana hemos conocido distintas expresiones de ese fenómeno. Algunos recuerdan lo que popularmente se denominó la **”dictadura del cariño”**, una forma de liderazgo basada en la cercanía personal y en la reciprocidad política resumida en la frase: *”el que da cariño, recibe cariño”*. Cada ciudadano tendrá su propia valoración de aquella etapa, pero constituye un ejemplo de cómo el poder puede construirse alrededor de las personas más que de la fortaleza de las instituciones.
Hoy pareciera mantenerse vigente otra modalidad mucho más conocida por todos los panameños: la “dictadura del ¿qué hay pa’ mí?”. Es la cultura del beneficio personal, del clientelismo y de la corrupción que antepone los intereses particulares al bienestar colectivo. Muchos consideran que uno de sus antecedentes simbólicos se remonta a los mismos inicios de la República, cuando Philippe Bunau-Varilla negoció un tratado que concedió a los Estados Unidos derechos a perpetuidad sobre una parte del territorio panameño, una decisión tomada sin representar plenamente los intereses del naciente Estado panameño. Aquel episodio dejó una huella histórica que aún hoy alimenta el debate sobre la defensa del interés nacional frente a las conveniencias particulares.
Existe además una tercera modalidad, cada vez más frecuente, que podría resumirse en una sola frase: “se hace como yo digo o la puerta está abierta”. Es la imposición del pensamiento único. En ella no hay espacio para el debate, el criterio propio ni el disenso respetuoso. Quien opina diferente deja de ser un colaborador valioso para convertirse en un problema que debe ser apartado. Esa práctica puede observarse en organizaciones políticas, instituciones públicas, empresas privadas e incluso en organizaciones de la sociedad civil.
Lo más preocupante es que estas formas de autoritarismo suelen instalarse silenciosamente. No necesitan censura oficial ni persecuciones abiertas. Basta con crear ambientes donde discrepar tenga un costo personal o profesional. Poco a poco desaparece el diálogo, se desalienta la iniciativa y se fortalece una cultura de obediencia que termina empobreciendo la capacidad de las instituciones para corregir sus errores.
Algo similar podría decirse de ciertos excesos registrados durante años en algunos sectores sindicales, donde el ejercicio legítimo del derecho a la protesta fue, en ocasiones, acompañado de prácticas que afectaron el interés general del país. Afortunadamente, en los últimos tiempos parecieran haberse adoptado medidas orientadas a restablecer el equilibrio entre los derechos de los trabajadores y el bienestar colectivo.
La historia demuestra que las sociedades no se deterioran únicamente por los grandes acontecimientos. También lo hacen cuando normalizan pequeñas cuotas de abuso, de corrupción, de intolerancia o de imposición. La democracia no se fortalece únicamente con elecciones periódicas; se fortalece cuando existe transparencia, cuando se respetan las opiniones distintas y cuando las instituciones son más fuertes que las personas que circunstancialmente las dirigen.
Las dictaduras no siempre llegan anunciadas por el ruido de las botas militares. En ocasiones se instalan silenciosamente en la corrupción que se tolera, en el autoritarismo cotidiano, en la obediencia ciega y en la indiferencia de quienes creen que nada puede cambiar. Por eso, si alguna “dictadura” merece imponerse en Panamá, que sea únicamente la del respeto a la ley, la transparencia, el desarrollo y el bienestar de todos los panameños.
* Comentarista de Opinión