El pueblo sigue peleando por las migajas
La transformación de un país jamás comienza en los palacios de gobierno; comienza en la conciencia de su pueblo. Ninguna nación puede aspirar a la justicia, al desarrollo o a la dignidad colectiva mientras sus ciudadanos continúen premiando con aplausos, fanatismo o indiferencia a quienes saquean el futuro común.
El clientelismo político no solamente compra votos: compra silencios, domestica voluntades y destruye el carácter moral de una sociedad. Cuando un pueblo cambia su dignidad por una bolsa de comida, una hoja de zinc o una promesa momentánea, no solamente pierde poder político; pierde la noción de su propio valor humano.
Como advertía Alexis de Tocqueville [pensador, jurista, político e historiador francés, 1805-1859], las democracias no mueren únicamente por tiranos, sino por ciudadanos que renuncian a su responsabilidad cívica.
Y mientras el pueblo siga defendiendo corruptos por afinidad partidista o fanatismo emocional, seguirá siendo rehén de una élite que se alimenta del caos, de la ignorancia y de la división social. La verdadera revolución no es violenta: es moral, intelectual y cultural.
Y esa revolución comienza cuando cada ciudadano comprende que la patria no se construye esperando salvadores, sino formando generaciones incapaces de arrodillarse ante quienes convierten el poder público en un negocio privado. Solo entonces dejaremos de repetir la historia y comenzaremos, finalmente, a escribir un destino diferente.
* Ciudadano.