El velo nupcial era una trampa
Hace poco acudí a una boda y me llamó la atención que la novia entró a la iglesia acompañada de su padre, niños que le llevaban la cola, flores y con el velo nupcial que le ocultaba la cara.
En la antigüedad era para que el novio no pudiera ver sus rasgos hasta que la ceremonia fuera oficial e irreversible. Así se evitaba que él se echara atrás antes del “sí”, si la mujer no resultaba de su agrado físico.
El ejemplo histórico y literario más famoso de este tipo de “trampa” aparece en el Génesis, cuando Labán le entrega a Jacob a su hija mayor, Lea, en lugar de Raquel, ocultando su identidad bajo un velo durante la boda
En las bodas romanas, la novia llevaba un velo de color rojo o amarillo intenso llamado flammeum. Su función no era estética, sino supersticiosa: actuaba como una “armadura” visual para asustar a los malos espíritus y proteger a la novia de las miradas de envidia (mal de ojo).
En varias culturas del Mediterráneo y Europa medieval, el velo marcaba la transición de la mujer de la tutela paternal a la del esposo. En 1840, la Reina Victoria de Inglaterra puso de moda el traje y el velo blanco. A partir de ese momento en el mundo occidental, la Iglesia y la sociedad lo reinterpretaron como un símbolo de modestia, inocencia y pureza moral.
Hoy, para la mayoría de las novias, el velo ha perdido sus connotaciones de sumisión u ocultamiento, transformándose en una elección personal de moda. El velo no ha muerto. Pero perdió su carácter obligatorio.