Opinión

Enséñame el Camino

25 de junio de 2026

Hay noches en las que el silencio pesa más que cualquier palabra. No importa cuántas personas nos rodeen ni cuántas sonrisas intentemos dibujar sobre el rostro; existen heridas que solo Dios conoce. Son esas madrugadas en las que uno mira al techo y se pregunta cuándo se perdió, en qué momento el corazón comenzó a caminar sin brújula.

A veces creemos que el amor humano será suficiente para salvarnos. Depositamos nuestra fe en promesas, abrazos y sueños compartidos. Sin embargo, la vida tiene una manera dolorosa de recordarnos que todo lo terrenal es frágil. Las personas cambian, los caminos se separan y aquello que parecía eterno puede desaparecer en un instante.

Es entonces cuando comprendemos que la verdadera luz nunca estuvo en manos humanas. Estuvo siempre en Dios.

Él permanece cuando otros se marchan. Escucha cuando nadie entiende nuestro llanto. Nos sostiene cuando las fuerzas abandonan el cuerpo y el alma. Su amor no depende de nuestros éxitos ni de nuestras derrotas. Nos ama incluso cuando nos sentimos indignos de ser amados.

He conocido personas que, después de perderlo todo, encontraron en una simple oración la razón para continuar. No porque los problemas desaparecieran de inmediato, sino porque descubrieron que no estaban caminando solas.

Quizás la fe no consiste en tener todas las respuestas. Quizás consiste en levantar los ojos al cielo y decir: “Señor, no sé hacia dónde voy, pero sé que Tú sí lo sabes”.

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