Cultura

El sombrero Panamá no es panameño

28 de julio de 2026

El llamado Panama hat tiene una historia incómoda para Panamá y para Ecuador. Se conoce en el mundo con nuestro nombre, se vende en nuestras calles, aparece en vitrinas turísticas y, con frecuencia, se ofrece al visitante como si fuera una artesanía nacional. Sin embargo, su origen no es panameño. Es un sombrero ecuatoriano de paja toquilla, vinculado a una tradición artesanal cuya técnica de tejido fue inscrita por la UNESCO, en 2012, en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

La confusión internacional no surgió de la nada. Durante el siglo XIX, Panamá fue un punto de tránsito comercial de gran importancia. Viajeros, comerciantes y trabajadores que cruzaban el istmo adquirían estos sombreros y los asociaban con el lugar donde los compraban, no necesariamente con el país donde se producían. Esa relación entre comercio, tránsito e imagen se reforzó en 1906, cuando el presidente estadounidense Theodore Roosevelt fue fotografiado con un sombrero de este tipo durante su visita a las obras del Canal de Panamá. Desde entonces, el nombre Panama hat terminó instalado en el imaginario internacional.

El problema, por tanto, no consiste en negar esa historia. Ese sombrero tuvo una relación comercial y visual con Panamá porque el istmo fue ruta, vitrina y punto de circulación. Tampoco se trata de menospreciar una artesanía ecuatoriana que posee valor propio, técnica, belleza y tradición. La pregunta es otra: ¿por qué en Panamá se sigue promoviendo y usando como si fuera un símbolo de identidad panameña, mientras nuestro sombrero pintao, con saberes y técnicas reconocidos internacionalmente, aún requiere mayor defensa cultural?

La pregunta se vuelve más seria cuando miramos nuestros propios antecedentes legales. En 1967, Panamá aprobó la Ley N.° 21, titulada “Restricciones a la importación de artículos sustitutivos o imitaciones de productos de la artesanía nacional”. La norma partía de una idea clara: la industria pequeña, artesanal y doméstica representaba un sector importante de la economía panameña; además, las industrias domésticas, por su carácter “autóctono”, eran representativas de la tradición y la cultura del país. También señalaba que correspondía al Estado proteger las expresiones del arte nacional y la producción nacional.

Sin embargo, allí aparece una contradicción reveladora. La ley restringía, mediante cuotas, la importación de artículos que sustituyeran, imitaran o compitieran con productos de la industria artesanal y doméstica nacional. Entre ellos incluyó polleras, molas, tembleques, chaquiras, tambores, tejidos de imitación para polleras y también “sombreros de paja de todas clases, diseños y formas”; pero, en ese mismo renglón, excluyó “los de tipo Montecristi”, categoría vinculada a una de las

expresiones más reconocidas del sombrero ecuatoriano de paja toquilla, asociado internacionalmente al nombre Panama hat.

Esa excepción ya no puede leerse únicamente como un detalle técnico de una norma aduanera. Vista con mayor atención histórica, permite comprender que la protección de la artesanía nacional convivió con una apertura específica hacia un producto extranjero que ya tenía presencia, valor comercial y fuerza simbólica en Panamá. No se trata de juzgar, desde el presente, a quienes participaron en ese proceso, sino de reconocer una tensión cultural significativa: mientras el Estado declaraba la necesidad de proteger lo autóctono, mantenía al mismo tiempo una excepción para un objeto extranjero profundamente asociado al nombre de Panamá. Desde esta perspectiva, el caso revela la relación conflictiva entre mercado, prestigio, turismo e identidad nacional.

Aquí está el punto que debemos discutir: no todo lo que pasa por Panamá, se vende en Panamá o lleva el nombre de Panamá pertenece a la identidad artesanal panameña. El tránsito no convierte automáticamente un objeto en patrimonio propio. La etiqueta tampoco. Escribir “Panamá” sobre una cinta no transforma un sombrero extranjero en expresión artesanal nacional.

Hay, sin embargo, una salvedad necesaria. En Panamá han existido usos históricos de sombreros asociados al tipo Panamá, Montecristi o jipijapa dentro de determinadas indumentarias, prácticas sociales y expresiones culturales vinculadas a rutas comerciales, contactos marítimos y procesos de intercambio propios del istmo. Esa presencia histórica debe reconocerse con respeto, porque forma parte de modos concretos en que ciertos objetos extranjeros fueron incorporados a la vida cultural panameña.

Pero una cosa es el uso histórico de un sombrero en determinados contextos patrimoniales y otra muy distinta es su origen artesanal. La incorporación de ese tipo de sombrero en una manifestación cultural panameña no lo convierte, por técnica, procedencia ni comunidad productora, en una artesanía nacional. Lo que demuestra es que Panamá fue ruta de circulación, espacio de intercambio y ámbito de incorporación cultural; no que el Panama hat pertenezca, por origen, a la tradición artesanal panameña.

El asunto, entonces, no es salir en defensa del sombrero ecuatoriano. Esa defensa cultural corresponde, en primer lugar, al país y a las comunidades que lo producen. El asunto es lo que esta confusión dice de nosotros. Dice que muchas veces no conocemos bien nuestra propia historia visual. Dice que una palabra impresa puede pesar más que el conocimiento cultural. Dice que el mercado turístico puede imponer símbolos con más fuerza que la educación patrimonial. Y dice, sobre todo,

que en Panamá hace falta una docencia pública más clara sobre qué es nuestro, qué no lo es y cómo deben nombrarse las cosas.

Como cualquier producto extranjero, el Panama hat puede venderse en Panamá si se ofrece con claridad: como sombrero ecuatoriano de paja toquilla, cuando realmente lo sea, o como producto inspirado en esa tradición, cuando se trate de una versión industrial o de imitación. Lo cuestionable aparece cuando se presenta como símbolo panameño, cuando se usa en contextos patrios o cuando las propias instituciones lo incorporan sin explicar su origen. Allí el problema deja de ser comercial y se convierte en un problema de comunicación cultural. Porque una institución que no distingue entre una artesanía nacional y una extranjera también educa, aunque eduque mal.

Desde el audiovisual, esta confusión se multiplica con facilidad. Una cámara registra el Casco Antiguo, enfoca una tienda llena de sombreros blancos con cinta negra, un turista sonríe, alguien dice “sombrero Panamá” y la imagen empieza a circular. En pocos segundos, el error se vuelve contenido. Luego ese contenido se comparte, se repite y se instala como verdad visual. Así trabajan los medios contemporáneos: no solo informan, también fijan imaginarios. Por eso, cuando se confunde una artesanía extranjera con un símbolo nacional, la equivocación no queda en una vitrina: entra en la memoria pública.

La responsabilidad no recae únicamente en los turistas. Ellos compran lo que se les ofrece y, muchas veces, creen lo que se les cuenta. La responsabilidad mayor corresponde a quienes trabajan con cultura, comunicación, turismo, educación e identidad nacional. Si una persona ocupa un cargo en una institución cultural, municipal, educativa o turística, debe saber distinguir entre una artesanía panameña y una artesanía extranjera. No por un nacionalismo vacío, sino por respeto al patrimonio. El desconocimiento institucional también comunica.

Más delicado aún es ver el uso del Panama hat en contextos patrios o en representaciones oficiales sin explicación cultural. Una cosa es su presencia documentada en una manifestación histórica específica; otra muy distinta es usarlo de manera general como si fuera el sombrero nacional panameño. Cuando un funcionario, una delegación o una actividad pública lo utiliza como supuesto símbolo panameño, el mensaje que se envía es confuso. Se está diciendo, quizá sin quererlo, que no sabemos reconocer lo nuestro. Y eso resulta grave en un país que sí tiene un sombrero con profunda raíz cultural: el sombrero pintao.

La diferencia no es menor. En 2017, la UNESCO inscribió los procedimientos y técnicas artesanales de obtención de fibras vegetales para los talcos, pintas y crinejas del sombrero pintao en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. El reconocimiento no se limita a la pieza terminada,

sino a los saberes que hacen posible su elaboración: obtención de fibras, tejido, crinejas, pintas, talcos y transmisión de conocimientos manuales.

Por eso, el tema no debe abordarse como una pelea contra el sombrero ecuatoriano. Un país multicultural puede abrir sus puertas a artesanías de otros pueblos, pero no debe confundirlas con las propias. La diversidad no exige renunciar a la precisión cultural. Podemos vender productos de otros países, pero debemos nombrarlos correctamente. Podemos reconocer la historia comercial del Panama hat en el istmo, pero no presentarlo como si fuera nuestro sombrero nacional. Y, si lo que se vende es una imitación industrial de bajo costo, también debe decirse con claridad.

Esa situación debería servirnos de advertencia. Lo que hoy ocurre con el Panama hat también puede pasar con nuestras propias expresiones culturales. La pollera, el sombrero pintao, la joyería tradicional, los tambores, los bailes regionales y otros símbolos panameños pueden ser reducidos a versiones comerciales, simplificadas o industrializadas si no se explican, si no se protegen y si no se enseñan con rigor. Cuando una sociedad no educa sobre sus símbolos, otros terminan vendiéndolos, modificándolos o sustituyéndolos sin mayor resistencia.

Aquí el audiovisual tiene una tarea pendiente. Así como puede repetir el error, también puede corregirlo. Un buen reportaje televisivo podría explicar el origen ecuatoriano del Panama hat, su circulación por rutas comerciales del siglo XIX, su relación con el tránsito de viajeros por Panamá, su visibilidad durante la construcción del Canal y su diferencia con el sombrero pintao. Una cápsula cultural en redes podría mostrar ambos sombreros y decir con claridad cuál pertenece a la tradición artesanal panameña. Un segmento de folclore en el noticiero estatal podría hacer docencia sin convertir la cultura en fiesta permanente. Porque el folclore no es solo tarima, tambor y celebración; también es conocimiento, criterio y defensa del patrimonio.

El canal estatal, así como las instituciones culturales, educativas, turísticas y municipales, tiene aquí una obligación especial. No basta con retransmitir programas antiguos o cubrir festividades. Hace falta producir contenidos breves, constantes y pedagógicos sobre identidad cultural. El país necesita aprender a mirar lo suyo. Necesita saber qué compra, qué usa, qué promueve y qué representa.

El audiovisual permite comparar, mostrar detalles, poner imágenes lado a lado, entrevistar a artesanos, recorrer talleres, explicar materiales y desmontar equívocos. Esa capacidad visual debe ponerse al servicio de la educación cultural. Si una imagen ayudó alguna vez a popularizar mundialmente el Panama hat, otras imágenes pueden ayudar hoy a devolverle al sombrero pintao el lugar que le corresponde dentro de la identidad panameña.

El problema no es que el mundo conozca un sombrero ecuatoriano con el nombre de Panamá, ni que determinadas manifestaciones históricas panameñas hayan incorporado sombreros de ese tipo en sus indumentarias. El verdadero problema es que Panamá, teniendo símbolos artesanales propios, permita que una confusión comercial siga hablando en nombre de su identidad cultural.

Esta publicación de autoría de: Roberto Antonio Pinto Rodríguez y Arturo Coley Graham

Roberto Antonio Pinto Rodríguez es doctor en Ciencias de la Comunicación Social y profesor de la Universidad de Panamá. Arturo Coley Graham es doctor en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y catedrático de la Universidad de Panamá.

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