¿Ente integrador o vía para la impunidad?
Panamá debería volver a replantear con rigor su permanencia en el Parlacen: un espacio que, lejos de articular soluciones regionales, ha terminado simbolizando desconexión, opacidad y convenienecia política. Lo ocurrido en su reciente sesión no es un desliz, es un patrón. La política, que debería ser un instrumento de servicio público, ha sido reducida a un mercado de favores. El daño trasciende lo institucional: es profundamente pedagógico. Se normaliza el clientelismo, se trivializa la ética y se envía a las nuevas generaciones un mensaje devastador: que la astucia vale más que la integridad y que la impunidad es una estrategia viable. Peor aún, se instala la percepción cada vez menos refutable de que el Parlacen funciona como una red de resguardo político para figuras de alto perfil, donde casos de corrupción encuentran refugio bajo el manto de fueros y acuerdos tácitos. Mientras tanto, la ciudadanía se divide en trincheras partidarias estériles, discutiendo quién “tiene la razón”, cuando la evidencia muestra que todos los partidos han participado, en mayor o menor medida, de este mismo circuito de protección y conveniencia. Como sociedad, debemos reorientar la política hacia su propósito esencial: servir, rendir cuentas y construir futuro. El cambio no es retórico, es conductual. Empieza en el voto informado, continúa en la vigilancia ciudadana y se consolida en la exigencia diaria de transparencia. Panamá necesita ciudadanos activos, profesionales que trasladen su excelencia al ámbito público y una cultura política que premie la integridad y castigue la trampa. O recuperamos la dignidad democrática con decisiones firmes, o seguiremos financiando un espectáculo que nos degrada, nos divide y avergüenza. * Ciudadano.