La historia de Gabriel
Gabriel llegó hasta lo alto de un edificio con la tristeza pegada al cuerpo y la ansiedad golpeándole el pecho. Había días de alba en los que respirar parecía posible, pero también días de crepúsculo donde todo perdía sentido. Aquella noche se hizo oscura, demasiado oscura, y dentro de su cabeza las ideas de lastimarse iban carcomiendo su alma hasta dejarlo vacío.
Frente al abismo, creyó que ya no quedaban piezas para completar el rompecabezas. Sin embargo, sobre una mesa imaginaria todavía había piezas que faltaban armarse: recuerdos, abrazos, conversaciones pendientes, una vida que no había terminado de escribirse.
Entonces apareció la voz de su hija. No estaba allí físicamente, pero la escuchó en su mente. Esa voz pequeña y poderosa rompió el silencio. Gabriel retrocedió. Lloró. No porque el dolor hubiera desaparecido, sino porque entendió que todavía existía una razón para pedir ayuda.
Aquella decisión lo llevó a una clínica psiquiátrica del Complejo Hospitalario Metropolitano de la CSS, donde recibió tratamiento, atención y cuidado. Allí descubrió algo que le estremeció: muchos de los pacientes eran jóvenes, muy jóvenes, cargando diferentes formas de depresión, ansiedad y heridas que nadie alcanzaba a ver.
Y entonces surge una pregunta que debería quitarnos el sueño: ¿qué está pasando allá afuera?
Tal vez estamos hablando demasiado de éxitos y demasiado poco de dolores. Tal vez preguntamos “¿cómo estás?” esperando escuchar “bien”, sin detenernos a mirar los ojos.
Hay que hablar. Con nuestros hijos. Con nuestra pareja. Con nuestros amigos. Preguntar de verdad y escuchar sin juzgar.
Porque la tristeza no siempre hace ruido. A veces sonríe, trabaja, conversa y se acuesta a nuestro lado.
Y nadie sabe cuándo el próximo en necesitar una mano seremos nosotros mismos mañana.