Opinión

Las manos de lija de mi padre

19 de junio de 2026

Un año, las cosas se pusieron muy difíciles. La empresa donde trabajaba quebró y pasamos meses con lo justo. Mi gran ilusión era un viaje escolar de fin de año al que todos mis amigos iban a ir, pero yo sabía que económicamente era imposible.

Vi en las redes sociales un video ilustrativo para los escolares de Asia, de obreros, trabajadores, hombres con las manos agrietadas, sudadas y laceradas, espaldas con la piel rota, hombros y pies lacerados por el fragor de sus trabajos, esfuerzo de los padres por mandarlos a la escuela y recordé esta anécdota.

Hubo un tiempo en que me avergonzaba de las manos de mi papá. Él trabajaba en la construcción, cargando bloques, mezclando cemento y manejando herramientas pesadas bajo el sol. Cuando era niño y él me tomaba de la mano para cruzar la calle, su piel se sentía áspera, dura, como si fuera de lija.

Algo cambió. Papá empezó a salir de casa dos horas antes, cuando todavía estaba oscuro, y regresaba ya entrada la noche. Cansado, pero cada vez que me veía, me sonreía y me decía: “Todo va a estar bien, campeón”.

El último día de inscripciones para el viaje, mi papá llegó a la casa, se sentó conmigo y sacó de su bolsillo un sobre con el dinero exacto de la cuota.

Papá había aceptado un segundo trabajo nocturno descargando camiones. Duplicó su jornada física, durmiendo apenas tres o cuatro horas por noche, solo para que su hijo no se sintiera excluido, para que tuviera los mismos recuerdos que los demás.

Ese día entendí todo. Esas manos ásperas que a mí me daban vergüenza no eran un defecto; eran el escudo con el que él protegía nuestro futuro. Cada callo, cada grieta en su piel, era el precio que él pagaba para que la vida de sus hijos fuera un poco más suave que la suya.

Desde entonces, y hasta hoy, no hay manos que sostenga con más orgullo y respeto que las manos de lija de mi viejo.

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