Una epifanía femenina
Por: ALBA DE OBALDÍA
Creo que la cagué. La embarré. La desgracié. Metí no una pata, sino las dos, hasta el fondo. Tenía que haberle hecho caso a mi mamá y ponerme aquel vestido. Hacerme la imbécil y hablar de fútbol. Arreglarme el pelo y pintarme la boca de carmín.
Tenía que haber sido estratégica y trazar un plan de trabajo, un modelo de comportamiento en el cual asumiera activamente el rol pasivo de la hembra aburrida. Aquella princesa de hielo fría y calculadora a la que no le sorprende nada ni nadie.
Debí no tomarme aquel vino. Mantener siempre el control total de la situación.
Pero no.
Decidí abrirme totalmente, mostrarme tal cual soy y me dejé llevar por el sopor de la noche. Empecé a contarle mis locuras, mis sueños, las vainas absurdas que suceden cuando estás abierta a que todo pase. Me tomé todo el vino. Todo. Hasta el fondo.
Y descorchamos otro mientras él empezó a hablar y a contarme de su vida, su familia, de sus propios sueños y metas, de sus miedos, de las cosas que le apasionan. Encontramos en el fondo de la segunda botella que teníamos más en común de lo que pensamos en algún momento.
Y entonces pasó. Algo se me removió dentro y no lo disimulé ni un poquito. Ni un poquito. Nada. Su mirada cambió, no podría explicar cómo pero ya no era igual que al inicio de la noche…
Creo que la cagué. La embarré. La desgracié. Metí no una pata, sino las dos, hasta el fondo. Tenía que haberle hecho caso a mi mamá y ponerme aquel vestido. Hacerme la imbécil y
hablar de fútbol. Arreglarme el pelo y pintarme la boca de carmín.
Ahora me está llamando. Seguramente para decirme que no me quiere ver de nuevo, que una mujer como yo es demasiado intensa, apasionada, real, natural y que así no funcionan las cosas. Que el no quiere una compañera o alguien con quien reírse sino una mujer fatal a la que nunca pueda tener por más que amanezca todos los días con él en su cama. Una mujer que siempre le de razones para tener miedo, celos; a la que tenga que hacerle mil regalos para ganársela a sabiendas de que nada es nunca suficiente para ella.
¿Para qué una pareja? ¿Para qué un reemplazo Freudiano de la figura materna pero con el giro de una esclava sexual?
No le voy a contestar. No, a mi no me humillan así de fácil. ¡Yo tengo orgullo!. En dos días le contesto y si me pregunta por qué le diré que estaba muy ocupada. Si me invita a salir no le voy a decir de una que sí, le diré que lo voy a pensar y que tengo que consultar mi agenda porque ya tenía planes.
Y cuando finalmente salgamos me voy a poner el trajecito corto mami, porque la verdad es que usted tenía razón…yo no me quiero quedar sola. ¡No podría hacer nada sola! Yo necesito a un hombre que me de seguridades…¡ay ya! páseme por favor los resultados del partido de fútbol que ayer me quedé estudiando hasta tarde y se me olvidó ir a buscar el periódico.