Opinión

Abrir Donoso o quedarnos por fuera

09 de septiembre de 2026

América Latina se encuentra ante una oportunidad económica de dimensiones históricas. La expansión de la inteligencia artificial, los centros de datos, la electrificación y las energías renovables está disparando la demanda mundial de minerales críticos. En esa nueva economía, el cobre será tan estratégico en el siglo XXI como lo fue el petróleo en el siglo XX.

Un reciente análisis de Citibank, reseñado por Bloomberg, estima que el mercado de minerales podría generar para América Latina una oportunidad adicional de US$154,000 millones hacia 2040: US$130,000 millones en nuevas actividades mineras y US$24,000 millones en refinación. La región ya produce el 41% del cobre mundial y recibe el 26% de la inversión global en exploración minera.

La cifra más reveladora es otra: entre 2025 y 2050, el mundo necesitaría aproximadamente la misma cantidad de cobre que produjo durante los 125 años anteriores. Chile, Perú y Argentina ya se preparan para captar inversiones multimillonarias. En Panamá, mientras tanto, mantenemos cerrada en Donoso una de las operaciones cupríferas más importantes de la región.

Este no es solamente un debate sobre una mina o una empresa. Es una decisión sobre el lugar que pretendemos ocupar en la economía mundial de las próximas décadas. Mantener cerrada la mina significa renunciar voluntariamente a exportaciones, empleos, ingresos fiscales, inversión, transferencia tecnológica y desarrollo de proveedores nacionales. También significa desperdiciar una herramienta de política exterior en momentos en que Estados Unidos, Europa y Asia buscan cadenas seguras de suministro de minerales críticos.

La reapertura no significa ignorar el fallo de la Corte Suprema que declaró inconstitucional el contrato ley, mas no así la minería. Urge abrirla con una solución nueva, constitucional y transparente, acompañada de controles ambientales rigurosos, fiscalización independiente, beneficios verificables para las comunidades y condiciones económicas justas para el Estado. Respetar la institucionalidad no obliga al país a condenar indefinidamente un recurso estratégico a permanecer bajo tierra.

El verdadero error sería confundir la corrección de las deficiencias del contrato anterior con la renuncia permanente a la minería metálica. Una cosa es exigir mejores reglas; otra muy distinta es cerrar la puerta a una industria que está movilizando capitales y redefiniendo alianzas geopolíticas.

Panamá debe decidir pronto. La demanda, las inversiones y los contratos de suministro no esperarán indefinidamente. Si otros países ofrecen seguridad jurídica y proyectos viables, el capital irá hacia ellos.

Donoso puede convertirse en una fuente de prosperidad y relevancia estratégica para Panamá. Pero una mina cerrada no genera riqueza, empleos ni influencia. Si no actuamos ahora, veremos desde la barrera cómo América Latina aprovecha la nueva era del cobre mientras Panamá, teniendo el recurso, escoge quedarse fuera.

La ventana está abierta, pero no permanecerá así para siempre: el momento de construir ese consenso es hoy.

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