Hasta luego, querido Papá Ñato
Hoy me cuesta encontrar palabras, porque despedirte es despedir una parte muy grande de mi vida. No fuiste mi abuelo de sangre, pero fuiste abuelo en todo lo que realmente importa. Fuiste familia elegida, de esas que no llegan por casualidad, sino por amor verdadero. Fuiste el hombre que se casó con mamá Lela, la tía que crió a mi mamá cuando quedó huérfana siendo apenas una niña. Y desde ahí, sin obligación alguna, nos elegiste. Nos quisiste. Te quedaste. Aun cuando mamá Lela partió hace ya tantos años, seguiste presente, firme, cercano, demostrando que los lazos del corazón son mucho más fuertes que los de la sangre. Tengo tantos recuerdos contigo que podría pasar la vida entera contándolos. Mis veranos en tu casa, escuchando con mamá Lela tu programa de radio, repitiendo tu famosa frase: “Árboles y más arrrrrboles es lo que Chiriquí necesita”. Los fines de semana en la cabaña de Volcancito. Las visitas a Farallón a visitar al general. Verte jugar béisbol o sóftbol en el Club David, con esa pasión que te caracterizaba y que, sin duda, me heredaste. Estoy segura de que mi amor por el béisbol viene de ti... incluso de escucharte narrar los juegos por la radio. Ahora verlos o escucharlos ya no será igual, pero siempre te sentiré ahí. Recuerdo tus ocurrencias, tus comidas raras —como esas lentejas con miel de abejas—, caminar descalzo sobre la hierba buscando energía, tu sentido del humor eterno. La noche del megáfono que usamos jugando y te lo dejamos sin baterías justo antes de un evento... y cómo te reíste después. La noche que me invitaste como tu acompañante a una fiesta del Club 20-30 y bailamos toda la noche. Tu presencia silenciosa y firme en momentos difíciles, como cuando murió Papá Lucho y viajaste con nosotros a Boquete solo para acompañar. Recuerdo la complicidad y amistad con mi papá, y luego con Rubén. El cariño tan genuino con el que mirabas a mis hijos... y después a mis nietos. La alegría inmensa en tus ojos cuando bailaste el vals con Lichi en sus quince años. Tus bromas eternas con la edad: cumplir 84 y decir 48, o celebrar feliz tus “20 x 4 y por ultimo los 20 x 5”. Llegar a cualquier lugar felicitando por el Día de los Enamorados, aunque fuera 3 de octubre. Y tú frase inolvidable: “viudo, disponible y apetecible”. Hoy, mirando hacia atrás, no me queda duda: nos querías de verdad. Nos elegiste como tu familia. Y nosotros te elegimos a ti. Le doy gracias a Dios por haberte puesto en nuestras vidas durante tantos años, por permitirnos gozarte con salud, con alegría, con lucidez, hasta casi cumplir un siglo de vida. Y gracias también porque pude decirte en vida cuánto te quería... como a ti te gustaba: “En vida, hermano, en vida”. Esto no es un adiós, querido Papá Ñato. Es un hasta luego. Sé que nos volveremos a encontrar... y cuando eso pase, bailaremos juntos otra vez, con murga incluida. Con todo mi amor, tu nieta y ahijada, Joanna Marie.
* Ciudadana.