Opinión

Semana Mayor

01 de agosto de 2019

Cada año el mundo católico dedica estas fechas para recordar el martirio de nuestro Señor Jesucristo, no como una forma de mostrar su sufrimiento extremo, sino para resaltar su ejemplo de perdón y conciliación entre los pecadores por los que ofrendó su vida.

El hijo de Dios nos eleva en tiempo y distancia a revisar nuestro interior, analizar nuestras debilidades y entender que al final del camino siempre habrá comprensión. Y de eso precisamente se trata.

Un mundo donde la violencia, la descomposición social, la corrupción y el abuso contra los más vulnerables parecieran haberse convertido en la norma en vez de la excepción. Una sociedad donde la indiferencia, la vulgaridad y el exagerado apego a la vanidad, son el dominador común que vulnera la familia en vez de mantenerla unida.

Esa escasez de valores nos lleva a cuestionar si realmente valió la pena el martirio del que clamó por nuestro perdón en el Gólgota. Vivimos en una generación en donde los gobiernos están llenos de gente con la voracidad de apoderarse de lo que no le pertenece y donde pareciera que la justicia es benévola con los privilegiados, pero al mismo tiempo inhumana con los desvalidos.

Ante tanta corrupción que carcome la decencia, complementada por “el poco importa", nos llevan a la conclusión generalizada de que simplemente “no pasa nada”. No pretendo convertirme en catón, ni de la verdad ni de la decencia, pero sí creo en la necesidad de que hagamos un alto para medir a futuro las consecuencias de lo que hoy ocurre sin que nadie se sonroje o avergüence de ser participe, ya sea por omisión o comisión, de ese gran desastre que no vaticina nada bueno.

*El autor es periodista.

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