El lenguaje contra la mujer política
El lenguaje político siempre ha sido un terreno que revela, con más sinceridad de la que muchos admitirían, las jerarquías implícitas de poder. Cuando las contendientes son mujeres, los ataques suelen tomar una ruta común: se les llama niñas, chiquillas, hormonales, etc. La infantilización funciona como arma para restarles legitimidad, como si su participación fuera un favor concedido y no un derecho ganado. La opinión pública está acostumbrada a ese tipo de descalificativos porque “si querían ser reina, que tire besitos”. En contraste, cuando los ataques se dirigen entre hombres hay una complicidad silenciosa, casi un pacto no escrito, que permite a los varones disputarse el poder sin despojarse mutuamente de la categoría de adultos capaces, cuando la discusión no se va a los puños. Irónicamente, el discurso político suele acusar a las mujeres de ser hormonales, emocionales o incapaces de comportarse con la sobriedad que exige la opinión pública. Pero los hechos muestran otra cosa. Son, con frecuencia, los hombres quienes pierden el control, quienes no miden sus palabras, quienes estallan en ira y hasta llegan a los golpes. Hasta que el lenguaje no cambie, la política seguirá revelando quién es realmente incapaz de comportarse a la altura. * Periodista.