Me bebí tu recuerdo
Dicen que el tiempo tiene la virtud de borrar las huellas del amor. No sé quién inventó semejante mentira. Hay ausencias que, en lugar de desvanecerse, aprenden a respirar dentro de nosotros, como un río secreto que nunca deja de correr.
Yo no me bebí el licor de las noches perdidas. Me bebí tu recuerdo.
Lo hice sorbo a sorbo, con la esperanza ingenua de que al llegar la madrugada ya no dolieras. Pero cada trago tenía el sabor de tus besos, el perfume de tu cabello y la tibieza de aquellas promesas que el viento decidió llevarse sin pedir permiso.
Desde entonces camino acompañado por tu sombra. No pesa. Abraza. Es la única forma que encontró tu ausencia para seguir tomándome de la mano cuando el mundo se vuelve demasiado frío.
A veces levanto la mirada al cielo y me pregunto si también extrañas aquellos silencios donde hablábamos sin pronunciar una sola palabra. Porque hay almas que descubrieron un idioma que los labios jamás aprendieron.
No guardo rencor. El amor verdadero nunca nace para cobrar deudas. Solo deja cicatrices que brillan cuando las toca la nostalgia.
Hoy comprendí que olvidarte nunca fue mi destino. Mi destino era aprender a vivir con esta dulce condena de amarte en silencio, sin reproches y sin despedidas.
Si algún día vuelves, encontrarás el mismo corazón, quizá más cansado, pero intacto. Y si no vuelves, seguiré levantando mi copa hacia el horizonte para brindar por el milagro de haberte conocido.